«El desprecio y el desecho, no necesariamente son de Dios» [Jueces 11:1–11]

El desprecio y el desecho no necesariamente son de Dios | Jueces 11:1–11

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La experiencia de Jefté revela que el rechazo y el desprecio forman parte de la realidad humana, pero no necesariamente representan la manera en que Dios actúa. Este pasaje nos invita a mirar a las personas con la misma justicia y misericordia con que el Señor las mira.

Pasaje base

Jueces 11:1–11 (RVA)

La expresión «despreciado y desechado» nos conduce inmediatamente al profeta Isaías y, en última instancia, al Señor Jesucristo, en quien esta profecía encuentra su pleno cumplimiento.

“Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos.”

Isaías 53:3

Sin embargo, estas dos actitudes humanas también afectan, aunque en menor medida, la vida de muchas personas. Ese fue el caso de Jefté y, en distintos momentos, también puede ser el nuestro.

El relato de Jueces presenta a Jefté como un hombre valiente que fue rechazado por su propia familia debido a su origen.

“Jefté el galaadita era un guerrero valiente. Él era hijo de una mujer prostituta, y el padre de Jefté era Galaad. Pero la mujer de Galaad también le había dado hijos, los cuales, cuando crecieron, echaron a Jefté y le dijeron: «Tú no heredarás en la casa de nuestro padre, porque eres hijo de otra mujer». Entonces Jefté huyó de sus hermanos y habitó en la tierra de Tob. Y se juntaron con Jefté hombres ociosos que salían con él.”

Jueces 11:1–3

I. «Despreciar y desechar» es más común de lo que parece

Jefté fue excluido de su familia y privado de la herencia por haber nacido fuera del matrimonio. Sus medio hermanos lo rechazaron únicamente por su condición de hijo de otra mujer.

La realidad del pecado hace que muchas veces la reacción más inmediata de las personas sea despreciar y desechar. Resulta mucho más fácil rechazar que amar, y mucho más sencillo excluir que valorar.

1. No toda reacción frente al pecado proviene de Dios

Cuando alguien actúa incorrectamente, casi siempre aparece alguien dispuesto a reaccionar. Si puede hacerlo, actúa; si no puede, al menos habla.

Sin embargo, esa reacción no necesariamente representa la voluntad de Dios.

En el caso de Jefté, fueron sus hermanos quienes actuaron y hablaron. Dios, en cambio, guardó silencio.

“Cuando crecieron, echaron fuera a Jefté, diciéndole: «No heredarás en la casa de nuestro padre, porque eres hijo de otra mujer».”

Jueces 11:2

El silencio de Dios no significa que apruebe el pecado. Más bien, contrasta con la rapidez con que las personas suelen condenar a otros.

Algo semejante ocurre en la vida de Moisés.

“Entonces miró a todas partes, y viendo que no parecía nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena.”

Éxodo 2:11–15

Aunque Moisés cometió un homicidio, el texto no registra un pronunciamiento inmediato de Dios sobre ese hecho. Esto no significa que el Señor apruebe el pecado, sino que nos recuerda que Él actúa conforme a su perfecta sabiduría y no siempre de la manera en que nosotros esperamos.

Por eso, además de escuchar lo que Dios dice, también debemos aprender de aquello que decide callar.

2. Siempre existen razones —o supuestas razones— para despreciar y desechar

Con frecuencia encontramos motivos para rechazar a otros: un defecto, un pecado, un error, una carencia, un servicio no prestado o incluso los antecedentes familiares.

Pero tener una razón no significa que esa razón sea justa delante de Dios.

El hijo pródigo reconoció esta doble dimensión del pecado cuando dijo:

“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.”

Lucas 15:21

Cada pecado afecta nuestra relación con Dios y también con las personas.

La historia de Jefté plantea una pregunta que sigue siendo vigente:

¿Es suficiente el origen de una persona para despreciarla y desecharla?

El relato bíblico nos llevará a descubrir que la respuesta de Dios es muy distinta de la respuesta humana.

II. Para el que desprecia y desecha, lo bueno no cuenta

La Escritura presenta a Jefté como un hombre esforzado y valiente, pero para quienes lo rechazaban esa virtud pasaba completamente desapercibida. Lo único que parecía importar eran sus antecedentes familiares.

“Jefté el galaadita era un guerrero valiente.”

Jueces 11:1

Jefté era hijo de una relación ilícita. Su padre había cometido adulterio y su madre era una prostituta. Son antecedentes que nadie quisiera tener, pues, desde la perspectiva humana, parecen manchar para siempre el “currículum” de una persona.

Sin embargo, a pesar de esas “marcas” familiares, el esfuerzo y la valentía de Jefté permanecieron intactos. Su origen no determinó su carácter ni anuló las cualidades que Dios había puesto en él.

1. El rechazo impide reconocer el verdadero valor de las personas

Los medio hermanos de Jefté pensaron que solo existía una alternativa: despreciarlo y desecharlo.

Sin embargo, tenían otra opción: aceptarlo y valorarlo como parte de su familia. Esa posibilidad existía, pero decidieron no escogerla.

La Escritura registra otros casos similares.

Los hermanos de José decidieron deshacerse de él. Caín hizo algo aún peor con Abel: lo mató. Los líderes del pueblo rechazaron al Señor Jesucristo y lo llevaron a la cruz.

De la misma manera, los medio hermanos de Jefté lo expulsaron de su hogar, lo privaron de la herencia y lo obligaron a huir.

En todo ello dejaron de reconocer una verdad fundamental: Jefté, al igual que ellos, había sido creado a imagen y semejanza de Dios.

El valor de una persona no depende de quiénes fueron sus padres, de cómo nació o de los errores cometidos por su familia.

Cada ser humano posee una dignidad otorgada por Dios desde la creación.

Cuando olvidamos esta verdad, comenzamos a mirar a las personas únicamente a través de sus defectos y antecedentes, en lugar de reconocer la imagen del Creador en ellas.

2. El rechazo no impidió que Jefté se convirtiera en líder

El estigma social no logró destruir a Jefté.

Lejos de quedar paralizado por el rechazo, supo sobreponerse a la adversidad y llegó a ejercer liderazgo.

Algo semejante ocurrió con David.

“Y se juntaron con él todos los afligidos, y todo el que estaba endeudado, y todos los que se hallaban en amargura de espíritu; y fue hecho jefe de ellos; y tuvo consigo como cuatrocientos hombres.”

1 Samuel 22:2

Del mismo modo, Jefté reunió a su alrededor a hombres marginados de la sociedad.

“Huyó, pues, Jefté de sus hermanos, y habitó en tierra de Tob; y se juntaron con él hombres ociosos, los cuales salían con él.”

Jueces 11:3

El Comentario Bíblico Mundo Hispano observa que la expresión «se juntaron» sugiere que quienes seguían a Jefté eran personas consideradas como desechadas por la sociedad, de manera semejante a los hombres que se unieron a David.

Asimismo, explica que el término traducido como «ociosos» significa literalmente «vacíos», haciendo referencia a personas carentes de principios morales que incluso podían venderse como mercenarios.

Aun así, fueron esas personas quienes encontraron en Jefté un líder.

Esta realidad plantea una pregunta importante:

¿Con quién suele reunirse quien ha sido despreciado y desechado?

Generalmente, con quienes llevan la misma carga de rechazo, o con quienes simplemente lo reciben sin despreciarlo.

Por eso muchas personas buscan aceptación en lugares equivocados. Aun cuando esos ambientes no sean los mejores, allí encuentran algo que no hallaron en otros espacios: alguien dispuesto a recibirlas.

Como creyentes, nuestra respuesta debe ser distinta.

También nosotros experimentamos el rechazo en distintos momentos de la vida. Por eso, estamos llamados a acercarnos a Aquel que fue el más despreciado y desechado de todos.

“Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos.”

Isaías 53:3

En Jesucristo encontramos aceptación, gracia y el verdadero valor que el mundo jamás podrá otorgarnos.

III. Lo que el hombre desprecia y desecha, no necesariamente lo desprecia y desecha Dios

Para su familia y, probablemente, para muchos de sus contemporáneos, Jefté era un desecho. Sin embargo, delante de Dios su historia era muy distinta.

Aunque más adelante cometería un grave error al hacer un voto imprudente (Jueces 11:30–31), el Señor no lo desechó. Al contrario, puso sobre él su Espíritu y lo respaldó en la batalla contra los amonitas.

“Y el Espíritu de Jehová vino sobre Jefté…”

Jueces 11:29

Más adelante, la Escritura declara:

“Y fue Jefté hacia los hijos de Amón para pelear contra ellos; y Jehová los entregó en su mano… Así fueron sometidos los amonitas por los hijos de Israel.”

Jueces 11:32–33

Lo que los hombres despreciaban fue precisamente aquello que Dios utilizó para traer liberación a su pueblo.

1. Las vueltas de la vida están bajo el control del Señor

Con frecuencia escuchamos expresiones como «la vida tiene muchas vueltas». Sin embargo, esas vueltas no ocurren por azar ni obedecen a una fuerza llamada destino.

Es el Señor quien ordena y reordena las circunstancias de la vida, tal como ocurrió con José y sus hermanos, y también con Jefté.

Cuando Israel volvió a apartarse de Dios, el Señor permitió que los hijos de Amón los oprimieran.

“Pero los hijos de Israel volvieron a hacer lo malo ante los ojos de Jehová… Y se encendió la ira de Jehová contra Israel, y los entregó en mano de los filisteos, y en mano de los hijos de Amón.”

Jueces 10:6–9

Aquellos que antes habían rechazado a Jefté ahora necesitaban de él.

Las circunstancias habían cambiado, pero quien dirigía la historia seguía siendo Dios.

2. Quien hoy desprecia puede necesitar mañana a quien rechazó

La Escritura advierte contra la autosuficiencia.

Hay quienes dicen:

“Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad.”

Apocalipsis 3:17

Del mismo modo, Pablo recuerda que dentro del cuerpo de Cristo ninguna parte puede decir a otra:

“No te necesito.”

1 Corintios 12:21

Los ancianos de Galaad terminaron experimentando esa realidad.

Ellos mismos fueron a buscar a Jefté y le dijeron:

“Ven, y serás nuestro jefe, para que peleemos contra los hijos de Amón.”

Jueces 11:6

La respuesta de Jefté fue directa:

“¿No me aborrecisteis vosotros, y me echasteis de la casa de mi padre? ¿Por qué, pues, venís ahora a mí cuando estáis en aflicción?”

Jueces 11:7

Los mismos que antes lo habían expulsado ahora reconocían que necesitaban de él.

Las vueltas de la vida nos recuerdan que debemos tratar a las personas con humildad, misericordia y respeto, porque nunca sabemos cómo el Señor obrará en el futuro.

Conclusión

La historia de Jefté deja una enseñanza profunda para nuestra vida.

Lo que los seres humanos despreciamos y desechamos no necesariamente es despreciado y desechado por Dios.

Él no se guía por las etiquetas sociales, los antecedentes familiares ni los errores del pasado. Su mirada está marcada por la justicia, pero también por la misericordia y la gracia.

Cuando fallamos, siempre habrá personas dispuestas a reaccionar, hablar y juzgar. Sin embargo, como creyentes debemos aprender a prestar atención no solo a lo que Dios dice, sino también a aquello que decide callar. Su silencio también nos enseña.

Es posible que, sin darnos cuenta, nosotros mismos hayamos despreciado o excluido a otros. Si así ha sido, necesitamos arrepentirnos y pedir perdón al Señor.

Pero también es cierto que muchas veces hemos sido nosotros quienes hemos experimentado el rechazo.

La buena noticia es que, para Dios, jamás somos un desecho.

En Cristo somos recibidos, valorados y amados. Él sigue obrando en nuestra vida, aun cuando el mundo nos haya rechazado.

Así como Dios usó a Jefté para cumplir sus propósitos, también puede usar a quienes hoy se sienten olvidados, despreciados o apartados.

Por eso podemos descansar en el Señor.

Él tiene el control de nuestra historia, dirige cada circunstancia y continúa mostrando su gracia a quienes ponen su confianza en Él.

¡Gloria al Señor!