¡Escucha el mensaje completo aquí!
Pablo declara que todo lo que antes consideraba valioso pierde sentido frente a conocer a Cristo. Este mensaje nos invita a volver al centro: una relación real con Él, por sobre todo lo que hacemos.
Pasaje base:
Filipenses 3:7-9
“Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor…”
Filipenses 3:7-8
En medio del ajetreo de la vida cristiana, es posible perder de vista lo más importante. Podemos estar haciendo muchas cosas para Dios, sirviendo, participando, avanzando… y aun así alejarnos del centro.
Surge entonces una pregunta necesaria: si todo lo que hacemos desapareciera, ¿seguiríamos teniendo a Dios?
Este pasaje nos lleva de vuelta a lo esencial. No a lo que hacemos por Él, sino a cuánto le conocemos.
Un cambio de tesoro: cuando Cristo redefine lo valioso
Antes de conocer a Cristo, Pablo tenía un “currículum espiritual” intachable.
“Circuncidado al octavo día, del linaje de Israel… en cuanto a la ley, fariseo… en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible.”
Filipenses 3:5-6
Era disciplinado, religioso, celoso y moralmente correcto. Desde fuera, parecía una vida ejemplar.
Sin embargo, algo cambió radicalmente: todo eso dejó de ser su tesoro.
No porque necesariamente todo fuera malo en sí mismo, sino porque ya no era lo más importante. Pablo no centra su énfasis en lo que dejó, sino en lo que encontró.
Cristo no fue un complemento en su vida. Fue un reemplazo total.
Su identidad dejó de estar en lo que hacía, y pasó a estar en a quién pertenecía.
La excelencia de conocer a Cristo: más que información, una relación
Pablo habla de “la excelencia del conocimiento de Cristo”. No se refiere a conocimiento intelectual, sino a una relación viva, profunda y transformadora.
“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.”
Juan 17:3
Conocer a Cristo es pertenecerle, caminar con Él y ser transformados por esa relación.
“Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos.”
1 Juan 2:3
No es teoría. Es vida.
Pablo lo expresa de manera personal: “Cristo Jesús, mi Señor”. Ya no es una idea, ni un sistema religioso. Es una relación.
Antes vivía como alguien que cumplía deberes. Ahora vive como alguien que pertenece.
Ser hallados en Él: una justicia que no es propia
Pablo proyecta su vida hacia el día en que será examinado por Dios. Y su anhelo es claro:
“…y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia… sino la que es por la fe de Cristo…”
Filipenses 3:9
No quiere presentarse con sus logros, ni con su esfuerzo, ni con su historial espiritual. Quiere ser encontrado en Cristo.
La justicia que salva no es la que producimos, sino la que recibimos.
“La justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo…”
Romanos 3:22
“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.”
2 Corintios 5:21
Esto cambia completamente la forma de vivir. Ya no buscamos aprobación. Ya no intentamos ganar el favor de Dios. Vivimos desde una aceptación que ya nos fue dada en Cristo.
Un deseo que crece: conocerle más y más
Aun con años de caminar con el Señor, Pablo declara algo sorprendente: quiere conocerle más.
No habla desde la carencia, sino desde el deleite. No busca ser aceptado; ya lo es. No busca aprobación; ya la tiene.
Su anhelo nace de una relación viva.
“A fin de conocerle…”
Filipenses 3:10
Esto revela algo profundo: el mayor fruto de conocer a Dios no es hacer más cosas para Él, sino desearlo más.
Cuando Dios se vuelve nuestro mayor tesoro
Este mismo sentir aparece en el salmista:
“¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra.”
Salmos 73:25
Cuando Dios se vuelve nuestra porción, todo lo demás pierde su lugar central.
No significa que las demás cosas desaparecen, sino que dejan de ocupar el lugar que no les corresponde.
El problema no es hacer cosas para Dios. El problema es reemplazar a Dios con lo que hacemos para Él.
El cristianismo no es, en esencia, lo que hacemos. Es a quién le pertenecemos.
Volver al centro: de las obras a la relación
Este mensaje nos invita a revisar el corazón.
Podemos estar sirviendo, avanzando y ocupados en muchas áreas… pero, ¿seguimos cultivando una relación real con el Señor?
La vida cristiana no se sostiene por actividad, sino por comunión.
Las obras vendrán como fruto. Pero no son el centro.
El centro es Cristo.
Que nuestro corazón vuelva a desearle
El llamado final es claro: volver al centro.
Volver a ver a Cristo como nuestro mayor tesoro. Volver a desearle, no por obligación, sino por amor. Volver a una relación viva, íntima y real.
Que Él no sea un anexo en nuestra vida, sino el centro que lo sostiene todo.
“Señor, despierta en nosotros el deseo de conocerte más. Que no vivamos desde lo que hacemos, sino desde la relación contigo. Que Tú seas nuestro tesoro, nuestra porción y el centro de todo. Amén.”





